lo que yo leo

Un blog sin pretensiones, sobre reseñas literarias para leer en 10 minutos; contiene comentarios sobre libros, recomendaciones, divagaciones y toda clase de digestiones literarias que un lector compulsivo ha aderezado a su gusto. Por supuesto, abierto a colaboraciones y opiniones. Casi es obligatorio equivocarse aunque, evidentemente, yo soy yo y tú, eres tú, por supuesto; pero ni yo soy tú ni tú eres yo, por lo tanto, todo lo que escribas es tu responsabilidad: cada uno es dueño de sus palabras y de sus silencios, sin embargo, tu libertad no te permite escribir nada ilegal o degradante para otros como tú y como yo. Es por eso que, al menos ese SILENCIO sí impera en este blog.


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“¿por qué fracasan los países?”, de daron acemoglu y james a. robinson: tenemos la receta, nos falta cogerle el punto en la cocina


“Para nuestra teoría, es crucial la relación entre prosperidad e instituciones políticas y económicas inclusivas. Las instituciones económicas inclusivas que hacen respetar los derechos de propiedad crean igualdad de oportunidades y fomentan la inversión en habilidades y nuevas tecnologías.” D.A y J.A.R.


La experiencia nos enseña que existen todo tipo de personas: los listos, los tontos, los trabajadores, los vagos … (vaya, en una sola frase he tirado a la basura todo mi condicionamiento sobre la corrección política en el lenguaje).

Y todos nosotros nos hemos encontrado alguna vez con esas personas que, siendo muy listos, muy tontos, muy trabajadores o muy vagos, tienen una desigual desenvoltura en su trabajo o en su vida social. Algunos que, pese a contar, aparentemente, con unas grandes cualidades humanas, no cesan de arruinar su vida laboral o personal, perdiendo el trabajo o rompiendo sus relaciones afectivas o familiares; esos que decimos que no acaba de consolidar sus expectativas, sus potencialidades, en definitiva, que tiene “mala suerte”. Pero normalmente no es cuestión de suerte, es cuestión de sus propias acciones, de su errónea actitud frente a los retos, de su concepción de la vida, de la elecciones que toma a cada momento en sus decisiones. A veces nos decimos que esas personas nunca cambiarán, aunque lo cierto es que todos cambiamos. Eso es facil, lo dificil es cambiar a mejor.


¿No puede pasar lo mismo con los países? ¿Cómo es posible que algunas sociedades evoluciones hacia una economía desarrollada y protectora, plena de bienestar para sus ciudadanos; y otros, en cambio, se vean avocados a la quiebra económica y política? Y ello pese a contar con recursos naturales y con unas condiciones óptimas, a priori, para el progreso y el desarrollo. Ahí también decimos que nunca llegarán a nada, porque ellos (“ellos”, claro), no son como nosotros.

El libro objeto de reseña no se dedica a las personas, sino a los paises. Sus autores pretenden responder a la pregunta que explicita su título: ¿por qué fracasan los países? La respuesta, aun cuando pueda parecer sencilla (osado que es uno), no lo es tanto. Ni siquiera el sentido común, que a veces nos basta para diagnosticar y predecir el devenir de un “bala perdida”, nos puede servir de guía para aventurar una respuesta.


Otros antes que ellos ya propusieron distintas soluciones a la cuestión planteada y Acemoglu y Robinson, rebaten una a una, con ejemplos claros y concretos, las distintas teorías propuestas por otros autores ciertamente reconocidos en el mundo científico. Podríamos pensar que es la geografía, ubicación, climatología, abundancia de recursos y materias primas, etc, la que determina los logros y desarrollo de los países; o la cultura; o las políticas, acertadas o desacertadas de sus líderes. Critican y rebaten las teorías formuladas en ese sentido por economistas como Paul Collier o Jeffrey Sachs, antropólogos como Jared Diamond o sociólogos como Max Weber.

Sin embargo, la tesis del ensayo que comentamos entiende que la clave radica en las instituciones, concretamente el carácter lo que denomina instituciones inclusivas o extractivas en función de su carácter “inclusivo” o “extractivo” en tanto que favorecedoras de la distribución de la riqueza entre sus ciudadanos o, por el contrario la adopción de políticas extractivas, esto es, esquilmadoras de la riqueza de cada país, en beneficio de una élite. Esto, unido a un desarrollo de la tecnología y al favorecimiento de lo que denominan la “destrucción creativa”, sienta las bases para un desarrollo económico sostenible que da lugar, en un periodo de tiempo posterior, al progreso económico y al bienestar de las naciones.


El concepto, obviamente, es un poco más complejo, aunque los autores lo desarrollan de un modo claro y sencillo, con amenidad y limpieza y ofreciendo numerosos ejemplos en su apoyo, con un repaso a países como Estados Unidos, Inglaterra, China, URSS, Sierra Leona, Etiopía o Congo y un recorrido por distintas épocas históricas, desde el Imperio Romano, la Conquista de América, la Independencia Americana, la Revolución Francesa, la I Guerra Mundial, la Primavera árabe, etc. Van desarrollando su tesis logrando que este libro pueda ser leído con facilidad por un lector profano en economía, en historia o sociología.


Considero que es un libro muy recomendable. Desarrolla, de un modo atractivo, una respuesta aceptable (al menos teóricamente), al interrogante que todos nos hacemos en estos tiempos de conflicto y cambio ¿cuál es la fórmula del éxito y del fracaso?.
Un saludo

 

 

 

DARON ACEMOGLU, 03/09/1967 es profesor de Economía en el MIT y ha recibido la medalla John Bates Clark en reconocimiento a su contribución al avance de la ciencia y la investigación.

JAMES A. ROBINSON, 1960, es politologo, economista y profesor de la Universidad de Hardvard. Experto en política y eonomía latinoamericana y africana.

Ambos son autores del libro “Economic Origins of Dictadorship and Democracy”

 

RESEÑA EDITORIAL: Que determina que un país sea rico o pobre? Como se explica que, en condiciones similares, en algunos paises haya hambrunas y en otros no? Que papel tiene la politica en estas cuestiones? Que algunas naciones sean mas prosperas que otras, se debe a cuestiones culturales?, a los efectos de la climatologia?, a su ubicacion geografica? No, en absoluto. Ninguna cuestion relativa a la prosperidad de un pais esta relacionada con estos factores, sino que proviene de otro mucho mas tangible: la politica economica que dictaminan sus dirigentes. Son los lideres de cada pais, afirman los reconocidos profesores Daron Acemoglu y James A. Robinson en este libro, quienes determinan con sus politicas la prosperidad de su territorio, y asi ha ocurrido en todos los periodos de la historia, como demuestran en este apasionante estudio.

  • Nº de páginas: 608 págs.
  • Editorial: DEUSTO S.A. EDICIONES
  • Traducción: Marta García Madera
  • ISBN: 9788423412662
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“para acabar con todas las guerras” (ensayo) de adam hochschild, cuando la euforia de la guerra envenenó los corazones


“Desde el principio, decenas de miles de personas de ambos bandos reconocieron en la guerra la catástrofe que era. Creían que el inevitable coste en vidas no merecía la pena, y algunos de ellos anticiparon con trágica claridad al menos parte de la pesadilla en la que se sumiría Europa como consecuencia de la misma y lo expresaron públicamente. Además, dijeron que lo que pensaban en una época en la que era necesario tener mucho valor para hacerlo, ya que el ambiente estaba cargado de un ferviente nacionalismo y un desprecio por los disidentes que a veces se traducía en violencia” A.H

En 1914, la civilización europea emprendió un camino por el cual, lejos de cumplirse los designios del presidente norteamericano W. Wilson en el sentido de iniciar “una guerra que acabaría con todas las guerras”, al término de la misma se construiría “una paz para acabar con la paz”, tan inestable, tan desproporcionada, tan abusiva, que se constituiría en la excusa inmediata para el estallido de la posterior II Guerra Mundial.

En efecto, como coincidieron en reconocer numerosos contemporáneos, la percepción de la sociedad británica o francesa, y no digamos la opinión pública alemana, y la mayor parte de sus dirigentes, estaban a favor de una confrontación militar que consideraban inevitable, necesaria e, incluso, beneficiosa. Más aún, dada la escalada militarista y la permanente tensión y conflicto político existente entre las distintas potencias, apenas hubo voces discrepantes, salvo muy pocas excepciones, que supieran formular sus protestas en ese momento y manifestar su oposición a la gran catástrofe a que daría lugar.

Numerosos testimonios, biografías, ensayos históricos, reportajes periodísticos y obras de ficción como novelas  y poesías, relatan las ansias contenidas que se iban acumulando en el periodo previo al estallido del conflicto y el posterior entusiasmo desbordante con el que los responsables políticos y los ciudadanos voluntarios acogieron la posibilidad de acudir al frente y luchar –morir- en una guerra que preveían rápida, contundente e indolora.

La realidad de la guerra fue muy distinta, tal y como relatan las desgraciadas estadísticas de fallecidos -civiles y militares-, los estudios sobre las cuantiosas pérdidas económicas y la fractura de una concepción del mundo que definitivamente abandona el siglo XIX para abocarse de lleno al siglo XX.

Como muy bien relata Hochschild, la Primera Guerra Mundial supuso un cambio drástico para la civilización occidental. A nivel político supuso el derrumbe definitivo del imperio otomano, sustentado durante mucho tiempo por la endeble ficción de su carcasa administrativa. También trajo consigo la metástasis del Imperio Ruso que devino en el cáncer revolucionario y posterior régimen estalinista, que tantas vidas segó. También feneció el Imperio Astro-Hùngaro y su acharolada pretenciosidad, configurado como una amalgama insoluble de etnias y culturas regida por una ineficaz bicefalia.

Igualmente, la contribución al esfuerzo bélico de los territorios de Africa y Asia sujetos al mandato imperialista británico y francés inoculó el virus de la autoconciencia y la determinación que iniciaría el declive del imperialismo y el fin del colonialismo, aunque permanecería adormecido y latente hasta el fin de la II Guerra Mundial.  

A nivel estrictamente militar, supuso, por primera vez la  incorporación de la industria al esfuerzo bélico mediante la creación de  innovaciones técnicas orientadas específicamente hacia su aplicación militar, como fueron el alambre de espino, el lanzallamas, el tanque; o el empleo masivo y sistemático de aquellas otras que, si bien ya existían con anterioridad, como el submarino, el dirigible, la ametralladora o el aeroplano, nunca antes se habían utilizado entre potencias europeas.

Las peores consecuencias de esta “gran guerra” fueron sobre todo las ingentes pérdidas humanas y la devastación de territorios y poblaciones, llegando a alcanzar, según estadísticas generalmente aceptadas, la cifra de ocho millones de combatientes muertos.

El libro objeto de reseña nos cuenta, con la amenidad propia de una crónica periodística, la historia de la guerra mundial vista desde la perspectiva de la retaguardia británica. No pretende ofrecer un relato exhaustivamente detallado de la campaña bélica ni de las repercusiones políticas o sociales de este primer gran conflicto del siglo XX. Simplemente nos entrega la semblanza biográfica de una serie de personajes históricos, todos ellos británicos, que fueron voces discordantes en el gran corifeo belicista.

Desde el Jubileo de la Reina Victoria de 1887 hasta el fin de la guerra, aparecen por sus páginas, en un sencillo entramado de biografías hilvanadas, personajes como Pankhurst, las sufragistas inglesas que pasaron de un activismo radical contra el Primer Ministro Lloyd George a una defensa cerrada e igualmente radical a favor del belicismo –salvo Sylvia, cuya coherencia intelectual le impidió adherirse a la causa bélica en la que, a su juicio enfrentaba a la clase trabajadora, independientemente de su nacionalidad, para garantizar y favorecer los intereses de la élite gobernante. Junto a ella, el fundador del Partido Laborista Independiente, el pacifista y socialista James Keir Hardie; o el filósofo Bertrand Russel, también opositor a la guerra, que sufrió de ostracismo y persecución política –aunque fue tratado con el “rigor” que correspondía a su clase social.

Igualmente nos acerca a la biografía de Charlotte Despard, dama inglesa de alta alcurnia que se caracterizó por un enfervorizado activismo en pro de las reformas sociales y en contra de una guerra que, casualmente comandaba su hermano John French, conde de Ypres, jefe del Estado Mayor Imperial de marzo de 1912 a abril de 1914, sustituido posteriormente por Douglas Haigh. También se cruza en el relato Alfred Milner, el administrador colonial de Sudáfrica que posteriormente fue nombrado miembro del Gabinete de Guerra y administrador colonia.

Es este un libro muy recomendable como complemento a otros como el libro ya reseñado de Sebastian Haffner, centrado en el ámbito sociológico del Reich alemán; o un libro más general, sobre las causas históricas de la guerra como “1914” de Margaret McMillan; o libros más técnicos como “La Primera Guerra Mundial” de Hew Strachan o “1914. El año de la catástrofe de Max Hastings. También, dentro del género narrativo son de destacar otras obras “El miedo”. Gabriel Chevallier. “14”, de Echenoz, “Tempestades de acero”. Ernst Jünger. “Las aventuras del buen soldado Svejk”. Jaroslav Hasek. “El final del desfile”. Ford Madox Ford. Así como biografías como la de Robert Graves o Stefan Zweig que abarcaron dicho periodo.

Un saludo.  

Adam Hochschild, escritor, periodista e historiador nacido en Nueva York en 1942.)  En 1998 publicó  El fantasma del rey Leopoldo, una historia de la conquista y colonización del Estado Libre del Congo por el Rey Leopoldo II de Bélgica. Con este libro ganó el premio Duff Cooper en Inglaterra y fue finalista en el del National Book Critics Circle de Estados Unidos. Su libro Enterrad las cadenas, publicado en 2005 acerca del movimiento antiesclavista en el Imperio Británico fue también finalista del National Book Award. Hochschild ha escrito también para la revistas The New Yorker, Harper’s Magazine, The New York Review of Books, The New York Times Magazine, y The Nation.

Para acabar con todas las guerras

  • traductor: FONTAL, YOLANDA; SARDIÑA,
  •  editorial: PENINSULA
  •  año de edición: 2013
  •  páginas: 624
  •  isbn: 978-84-9942-179-7

 


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“los siete pecados capitales del imperio alemán en la primera guerra mundial” (ensayo) de sebastian haffner: la conjunción del odio, el azar y la razón política provocaron el infierno.


“En lugar de cuestionarse por qué se embarcaron en la guerra y luego la perdieron, se han convencido una y otra vez de que ellos no fueron los culpables y de que, en realidad, la habían ganado. El resto, todo lo demás, fue fruto del “destino” S.H.

Como en todo proceso histórico, respecto de la Primera Guerra Mundial existe un hecho desencadenante como causa inmediata pero existe también una causa mediata que ha ido madurando y gestándose en un periodo más largo y que ha favorecido el sustrato sobre el que, finalmente, florece tal acontecimiento histórico.

Es comúnmente aceptada la fecha de 28 de Julio de 1914 como inicio de la Primera Guerra Mundial, con la declaración oficial de guerra por parte del Imperio Austro-Húngaro contra Serbia, cuyo pistoletazo de salida (literalmente) fue el magnicidio ocurrido en Sarajevo con fecha 28 de Junio  contra el heredero del Imperio Austro-Húngaro, el archiduque Francisco Fernando.

Hasta el 11 de Noviembre de 1918 se fueron desgranando los acontecimientos, malévolamente colocados por el destino o la ceguera de los hombres, que fueron cayendo como hilera de fichas de dominó, dejando el tablero de juego europeo, y mundial, terriblemente devastado. Y no solo en cuanto a pérdidas humanas y grandes pérdidas materiales de lo que fue, verdaderamente, la “Gran Guerra”, en cuanto a sus terribles estadísticas, nunca sufridas por la humanidad hasta esa fecha, sino principalmente por dejar en el campo europeo los rescoldos de lo que pocos años después estallaría con el auge de los totalitarismos fascistas y comunistas y que culminaría con la gran devastación de la Segunda Guerra Mundial y la Guerra Fría.  

En efecto, la intrincada y complicada relación entre las distintas potencias mundiales del momento; el precario equilibrio de fuerzas en pugna; el lento derrumbe del Imperio Otomano (en palabras del Zar Nicolás I “el hombre enfermo de Europa”) cuya fragmentación estimuló las apetencias italianas, y la creación de nuevos nacionalismos y estados en Grecia, Serbia, Armenia, Bulgaria, Montenegro, Albania, etc; el creciente militarismo del Imperio Alemán que era presentido como una amenaza por parte de Gran Bretaña (en su imperio de ultramar), por Francia (respecto de las regiones de Alsacia y Lorena) y por el Imperio Ruso (respecto de su posición en los Balcanes y las frontera orientales de Polonia y Ucrania); y, finalmente, la ambición del Imperio Alemán, aspirante a la hegemonía continental y colonial, fueron determinantes para la génesis y expansión del conflicto.

Desde el fin de la Guerra Franco-Prusiana de 1870 se fue gestando en Europa una especie de “Guerra Fría” que se ha denominado históricamente como la “Paz Armada”. En este periodo se van fraguando las tensiones y conflictos latentes entre las potencia europeas que culminarían en la guerra del 14. Al igual que en periodo de posguerra posterior a 1945, se van formando bloques de intereses, muchas veces matrimonios de conveniencia malamente avenidos pero unidos por un miedo común.

Así se forma en 1882 la Triple Alianza, formada por las potencias centrales de Alemania, Austria-Hungría e Italia (que posteriormente se encuadraría en el bando de los aliados) y la Triple Entente en 1907 entre Rusia, Francia e Inglaterra a pesar de que ingleses y franceses mantenían un conflicto a causa de Sudán e ingleses y rusos mantenían posturas hostiles en torno a Oriente Medio. Sin embargo la prevención frente a un emergente enemigo común, Alemania, fomentó una unión de intereses que, a la larga, provocó su inclusión en el conflicto.

A partir de la raíz del asesinato del archiduque, (28 Junio) Austria-Hungría declara la guerra a Serbia ante su negativa a acatar las condiciones de investigación del magnicidio (28 de Julio). El Imperio Ruso, aliado de Serbia, procede a la movilización general de sus tropas (29 Julio) y, a su vez, el Imperio alemán dirige un ultimátum a Rusia estimando que dicha movilización es un acto de guerra, declarando la guerra el 1 de Agosto. Francia, aliado de Rusia, adopta medidas defensivas  en su frontera con Alemania que provoca que esta le declare la guerra (4 de Agosto). Con la invasión alemana de Bélgica, estado neutral, entra en el conflicto Inglaterra. Japón lanza un ultimátum a Alemania el 23 de Agosto por la retirada en la zona de Jiaozhou (China). Turquía y Bulgaria se alían con la Triple Alianza en 1915. Italia, Rumanía, se incorporan en 1915 al bando de la Triple Entente; posteriormente se incorpora Estados Unidos en Abril de 1917 por el inicio por parte de Alemania de la guerra submarina en el Atlántico.

Pese a las espectaculares victorias alemanas, su pujante empuje militar y su audaces y geniales iniciativas bélicas, roto el frente en Macedonia, Bulgaria se rinde. Igualmente hace el Imperio otomano ante la ofensiva inglesa en Palestina y Bagdad. Por su parte, Austria cede ante el avance Italiano y se rinde. Alemania se queda sola y no puede culminar su última ofensiva contra París.

El 11 de Noviembre de 1918 finaliza una guerra que ha contado con distintos escenarios en todo el mundo, en Europa  (en Francia, frente occidental; en Rusia, Polonia y Cáucaso, frente oriental; en los Balcanes y los Dardanelos; en Italia),  en el Oriente Medio y Extremo Oriente,  en África, en el Pacífico y en el Atlántico. Intervinieron multitud de colonias como Australia, India, Nueva Zelanda, Sudáfrica, y países como Canadá o Portugal.

Atrás quedaron incontables muertos y el fin de una era, el siglo XIX, que finalizó en 1914 y del que surgió un nuevo orden mundial; con él sucumbieron el Imperio Alemán, el Imperio Austro-Húngaro, el Imperio Ruso, el Imperio Otomano y se crearon nuevos naciones independientes como Finlandia, Estonia, Letonia, Lituania, Polonia, Yugoslavia, Checoslovaquia, y la separación definitiva de Austria y Hungría.

Esta es la escueta cronología de los hechos admitida de común acuerdo.

Al respecto, sobre las causas que dieron lugar al conflicto, el historiador Sebastian Haffner encuentra otras causas remotas de la Primera Guerra Mundial más afines al campo de la psicología, la sociología, la política y la diplomacia alemanas del periodo previo.

Partiendo de la responsabilidad indiscutible del Imperio Alemán en la provocación de la guerra analiza los “pecados capitales” cometidos por “decisiones equivocadas y medidas incorrectas por parte de unos gobiernos alemanes que, en su mayoría, contaron con la aprobación de la opinión pública”

1) “El alejamiento de Bismark”

Consciente de la imposibilidad del mantenimiento de una guerra en dos frentes simultáneos, el occidental con Francia y el oriental con Rusia, el “canciller de hierro” diseño una hábil política diplomática centrada en dos objetivos, el asilamiento de Francia, como enemigo acérrimo del Imperio Alemán y la evitación de todo enfrentamiento con el Imperio Británico.

Por un lado pactó un acuerdo con el Imperio Austro-Húngaro, con el que compartía frontera en Polonia y propició un acercamiento con el Imperio Ruso, mediante la formación de la Liga de los Tres Emperadores, pese a las rencillas ruso-austriacas en la zona de los Balcanes

Por otro lado propició la Triple Alianza entre Alemania, Austria e Italia, igualmente frágil por las tensiones existentes entre estos dos países a raíz de la unificación italiana y el conflicto en la zona de los Alpes.

El abandono de esta política de equilibrio continental interior y respeto a la hegemonía británica en el exterior, el deseo de satisfacer un ansia imperial, llevó a Alemania a desear y a provocar la guerra.

 2) “El plan Schliefen”

Según Haffner, la decisión final a favor de una guerra de Austria contra Serbia se tomó el 5 de Julio de 1914 en Potsdam. La indecisión del Gobierno Austro-Húngaro y la división de pareceres entre la beligerancia del Jefe del Estado Mayor, las vacilaciones del ministro de Asuntos Exteriores y el Emperador Francisco José y el voto contrario del Primer Ministro húngaro, les llevaron a trasladar la decisión a Alemania, que aquel momento le pareció favorable frente a la creciente y acelerada modernización e industrialización emprendida por el Imperio Ruso, especialmente su sistema ferroviario.    

El cálculo erróneo fue considerar que Inglaterra se mantendría neutral si la guerra se declaraba por mediación de Austria y frente al pequeño estado de Serbia, teniendo en cuenta la débil alianza anglo-rusa y que la zona balcánica era precisamente el punto más débil de las relaciones entre ambos países.

Este razonamiento, a posteriori, parecía adecuado pues, como declararía más tarde Churchil, ministro de Marina en aquel momento, “La mayor parte del gabinete estaba a favor de la paz. Al menos tres cuartas partes de sus miembros estaban decididos a no dejarse arrastrar hacia ningún conflicto europeo a menos que la propia Inglaterra fuere atacados, cosa que no era muy probable. Primero confiaban en que entre Austia y Serbia la sangre no llegara al ´rio; segundo, de no ser as´ñi esperaban aue Rusia no interviniese; tercero, si Rusia intervenía, confiaban en que Alemania se mantuviese al margen; cuarto, si Alemania sí que atacaba a Rusia, esperaban que al menos Francia y Alemania se neutralizaran mutuamente, sin necesidad de combate; pero si Alemania atacaba Francia, creían que al menos no lo haría a través de Bélgica y de hacerlo, al menos sin que hubiera resistencia por parte de belga…” 

Sin embargo, el único plan con que contaba el Imperio Alemán era el denominado  plan Schliefen, que contemplaba, en caso de una guerra en dos frentes, la estrategia de un movimiento defensivo o retirada en el frente del Este y una rápida derrota de Francia en el frente Oeste a través de Bélgica, dada la fortaleza defensa de la frontera francesa.

Es decir, que la única vía posible contemplada por el gobierno alemán llevaba aparejada la ruptura del equilibrio y la neutralidad inglesa y su invitación a un conflicto que, de este modo se transformó de una guerra local a una guerra mundial. 

3) “Bélgica y Polonia, o la huida de la realidad”.

En el verano de 1915, Alemania había logrado una clamorosa victoria sobre la Rusia en el frente del este que le podría facilitar una salida airosa del conflicto, contra todo pronóstico, dado el estancamiento en el frente occidental –que privó de una rápida  fácil derrota francesa- y el agotamiento de sus fuerza militares frente a una intacta Inglaterra, que aún conservaba freso su contingente militar. Bien pudiera haber negociado una paz sin pérdidas que hubiera evitado la continuación de la guerra. Sin embargo, rechazó tal posibilidad, a juicio de Haffner, no siendo siquiera consciente de su existencia: Alemania llevaba tiempo a la defensiva y sin embargo seguía sintiéndose en posición de ataque, con una total pérdida del sentido de la realidad una paz sin vencedores y vencidos era considerada como una derrota.

Relata Haffner cómo en aquellos días el debate nacional en Alemania se centraba en gestionar la victoria, con fantasías sobre el reparto y administración de la costa belga el destino de Polonia como protectorado alemán o anexionarla a Austria, la incorporación de Egipto y Sudan para favorecer el acceso a Oriente Próximo y atraer al ámbito de poder alemán a  Holanda  y sin embargo, las ciudades alemanas pasaban hambre por la escasez de recursos, el ejército estaba desbordado en los frentes del Somne, en Flandes, en Rokitnoje, en Baranovichi, en Galitzia y Bucovina, en el frente austriaco,  resistiendo a duras penas y sufriendo un grave desabastecimiento.

En 1916, con la mediación del presidente americano Wilson, se pudo llegar a una paz razonable con las potencias aliadas, bajo el presupuesto de retrotraer Bélgica y Polonia a la situación previa del conflicto. El gobierno alemán rechazó esta posibilidad, ofreciendo, con notable prepotencia, unas condiciones de paz que, incomprensiblemente anulaban cualquier opción a la misma: Bélgica y Polonia resultaron innegociables cuando históricamente la política anexionista alemana nunca contó con estos países. Bélgica no fue más que un instrumento para la invasión de Francia. Polonia, por el contrario nunca se encontró bajo las aspiraciones alemanas, si acaso la parte prusiana de Polonia, pero dentro de las ambiciones territoriales de Austria. Sin embargo el 5 de noviembre se proclamó el Reino de Polonia en la Polonia rusa ocupada con lo que se anuló cualquier opción a llegar a una paz especial con el Imperio Ruso.   

4) “La guerra submarina sin cuartel”.

La ceguera del gobierno alemán, que le llevó a provocar la entrada en guerra a Inglaterra, le llevó a provocar igualmente la entrada en guerra de Estados Unidos mediante la estrategia de una guerra submarina sin cuartel. El presidente Wilson ya había advertido al gobierno alemán de esta posibilidad y, sin embargo, aquel, calculando erróneamente que de este modo anularía el poderío naval británico (militar y mercante)  incorporó a un enemigo mucho más poderoso aún. Si con la entrada en guerra de Inglaterra se avocó a una derrota probable, la venida de Estados Unidos la elevó a una certeza absoluta.

5) “El juego de la revolución mundial y la bolchevización de Rusia”.

La bolchevización de Rusia, según Haffner, fue consecuencia de una política consciente y muy meditada de la Alemania imperial con la que se aspiraba a la paz victoriosa en el Este y a la anulación y desmantelamiento del gran Imperio Ruso, no meramente una paz parcial que aliviaría el frente oriental, pues este objetivo pudo conseguirse con la mediación del Presidente Wilson y la renuncia a la proclamación del Reino de Polonia.

Lenin fue un visto como un peón más de la estrategia alemana de la reforma de le estructura de los Estados de Europa en un imperio Alemán, el favorecer y facilitar la revolución bolchevique como “instrumento bélico” para la desestabilización del Imperio Ruso. Así, Lenin y la revolución bolchevique fue financiada por el gobierno alemán y su éxito se debió en gran medida a esta ayuda.

6) “Brest-Litovsk o la última oportunidad desaprovechada”

En la primavera de 1918, Alemania impuso a la Rusia bolchevique la paz de Brest-Litosk con unas gravosas concesiones territoriales y políticas: Alemania había ocupado Finlandia, Livonia, Estonia, Ucrania, la región del Donets, Crimea, la península del Quersoneso, provisionalmente las regiones del Don y Kuban y había llegado al Cáucaso.

El gobierno alemán se  cegó ante el espejismo de un gran Imperio Alemán Oriental y lejos de aprovechar la oportunidad de liberar del frente oriental unos efectivos que hubieran podido alterar el resultado del frente occidental, su expansión por el Este fue la mayor de toda la guerra en su afán de consolidar los territorios esquilmados a Rusia en vez de haber negociado una paz moderada y asequible para un  adversario que, en última instancia nunca fue derrotado militarmente, y sentar las bases de una futura relación más armónica y estable.

7) “La verdadera puñalada”

En abril de 1918 la derrota alemana ya era clara. Estados unidos había entrado en guerra y las fuerza alemanas estaban exhaustas e imposibilitadas de hacer mella en el frente inglés y francés cuando debían enfrentarse ahora a un ejército nuevo, fresco y bien equipado. Por otro lado, los aliados alemanes estaban igualmente al límite de sus fuerzas y cercanos a la rendición.

Y sin embargo el ejército alemán permanecía invicto con posibilidades de efectuar una retirada estratégica del frente francés y belga y adentrándose en sus propias fronteras, incluso con la renuncia a Alsacia y Lorena, diseñar una operación estrictamente defensiva que motivase, aún, a las potencias aliadas a aceptar negociar una paz equilibrada.

Conocida esta situación no fue asumida en absoluto y por una grave carencia psicológica que impidió reconocer la realidad se exigió a los alemanes que continuasen luchando. Según Haffner, la derrota alemana de 1918 se produjo en tres fases. Una fase de abril a mediados de junio de las omisiones imperdonables, en la que ninguno de los contendientes supo que había llegado el final; una segunda fase de desde mediados de julio hasta mediados de septiembre, de la derrota militar y el derrumbe de los aliados alemanes en la que Alemania persistió en retener Bélgica y el norte de Francia como “prenda”; y la tercera fase del 29 de septiembre, de la derrota incontrolable, en la que el mando del Ejercito obligó al gobierno imperial a firmar un alto el fuego sin preparación ni negociación previa.

El desarrollo de estos acontecimientos en noviembre de 1918, depositó en manos de socialdemócratas, liberales y católicos, según Haffner, la responsabilidad de asumir la derrota y la capitulación cuando nunca antes tuvieron la responsabilidad en la guerra.

Adoptando una estrategia militar errónea, ofensiva en vez de defensiva, se frustró al menos el éxito táctico de una paz negociada, obteniendo una paz vergonzosa que irrumpió en la mentalidad de la sociedad alemana y le suministró el veneno del sentimiento de traición. La “puñalada” que el pueblo alemán entendió haber recibido cuando lo cierto, según Haffner, fue que la verdadera puñalada la recibió de sus propios dirigentes que le ocultaron la verdad reparadora y fomentaron el autoengaño de por vida (causa del posterior sentimiento de revancha que aprovechó Hitler, con las consecuencias conocidas).

Finaliza el texto con sendos epílogos de 1964 y 1981. El primero de ellos, en el contexto de la Guerra Fría y la política de bloques, el autor denuncia que la República Federal aún no ha abandonado la mentalidad y estado de ánimo que le llevó a la intervención en las dos guerras mundiales y que sigue cometiendo los mismos pecados denunciados en su ensayo. El segundo epílogo sirve para desdecirse de las conclusiones a las que llegó en 1964, no sobre el análisis de la Primera Guerra Mundial sino su reiteración en 1964. El autor considera que ha ocurrido un cambio generacional, un cambio de época en la historia alemana y un cambio en el pensamiento político de los alemanes: en 1970 y 1971 se firmaron los Tratados del Este con la URSS, Polonia y la RDA en virtud de los cuales admitía la inviolabilidad de las fronteras existentes y la renuncia a la reunificación y ampliación de las fronteras.

El presente libro aporta, una visión crítica de la Guerra Mundial relatada por un autor alemán que no británico, francés o soviético. Por otro lado ofrece un análisis de las causas de la guerra no desde los estrictos acontecimientos históricos que dieron lugar a ella sino desde la perspectiva de la mentalidad y psicología profunda tanto del gobernante como de la opinión pública alemana.

Aunque no lo expresa, Haffner comparte con el joven anarquista Gavrilo Princip la significación que tuvo aquel estallido inicial cuando un psiquiatra penitenciario le preguntó cómo se sentía al ser la causa desencadenante de tantas matanzas “Si no lo hubiera hecho, Alemania hubiera encontrado otra excusa”, respondió. 

Muy probablemente sin haber estudiado a Clausewitz, el joven anarquista ratificó instintivamente la concepción que de la guerra formuló el teórico el alemán en el sentido de considerarla un instrumento político. Y como tal fue utilizado, una vez más, y no la última, en este caso por el Imperio alemán de principios del siglo XX.   

Altamente recomendable, la presente obra es un libro corto, escrito en un lenguaje sencillo, casi periodístico, donde los datos puramente estadísticos, la fechas y los nombres son más esclarecedores que la mera relación farragosa de los mismos.     

Un saludo.

SEBASTIAN HAFFNER, pseudónimo de Raimund Pretzel, periodista, escritor e historiador alemán, nacido en Berlín el 27/12/1907 y fallecido en Berlín el 02/01/1999. Estudió derecho, colaboró con el periódico británico el Observer durante su exilio durante la II Guerra Mundial. Destacan sus obras “Historia de un alemán” (1939), “Alemania, Jeckyll y Hyde, el nazismo visto desde dentro” (1940), “Los siete pecados capitales del imperio alemán durante la Primera Guerra Mundial (1964),  “Winston Churchil: una biografía” (1967), “Anotaciones sobre Hitler” (1978) y “De Bismark a Hitler” (1987), “El pacto con el diablo”, “La revolución alemana de 1918-1919.

los siete pecados capitales del imperio aleman en la primera guer ra mundial-sebastian haffner-9788423338283

  • Nº de páginas: 192 págs.
  • Editorial: DESTINO
  • TRADUCCION: Beatriz Santana Lopez
  • Encuadernación: Tapa dura
  • ISBN: 9788423338283
  • Año edicón: 2006
  • Plaza de edición: BARCELONA


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“el día que españa derrotó a inglaterra” de Pablo Victoria: la historia oculta de nuestra Historia oculta.


“AND AT CARTHAGENA CONQUERED AS FAR NAVAL FORCE COULD CARRY VICTORY” (y en Cartagena conquistó tanto como una fuerza naval podría llevar a la victoria)  Epitafio del Almirante Vernon, Westminster Abbey (yo estuve allí).

El libro reseñado relata en un estilo novelado la defensa de la Plaza de Cartagena de Indias realizada en 1741 por el Almirante Blas de Lezo frente a la flota inglesa del Rey Jorge II comandada por el Almirante Vernon.

El libro reseñado es muy interesante por cuanto pone en descubierto unos hechos de nuestra historia sino desconocidos ciertamente arrinconados y soslayados, creo yo, por prejuicios ideológicos de aquellos que se avergüenzan de ensalzar un pasado histórico ligado al Imperio y al colonialismo.

Con ello solamente se abandona a la manipulación y a la apropiación por parte de grupos radicales una historia común que en modo alguno ansiamos repetir ni tampoco justificaríamos hoy en día. El pasado nos pertenece y nosotros pertenecemos a él y es justo reconocer los logros de nuestros antepasados que cumplieron con su deber y defendieron su honor y sus ideales (contemporáneos de un tiempo y una época histórica concreta) sin que ello signifique que debamos retar a un duelo a cualquiera que opine distinto a nosotros.

UN POCO DE HISTORIA:

Los antecedentes de la batalla de Cartagena de Indias los encontramos en el incidente de la guerra de la oreja de Jenkins” en 1739 por el cual Inglaterra declara la guerra a España y decide tomar y someter Cartagena de Indias a fin de estrangular el envío regular de todas las riquezas de las colonias americanas que confluyen a dicho puerto y del que parten hacia la metrópoli.

La ambición comercial de Inglaterra, que reclamaba nuevos mercados para un imperio en auge frente a la oposición de un imperio español que, si no se encontraba todavía en decadencia había iniciado un lento declive, fue el caldo de cultivo para destapar un enfrentamiento latente y concederle a los ingleses una excusa para acometer la empresa de la conquista del oro y la plata coloniales.

La anécdota, plena de altanería española, ocurre cuando un capitán español, llamado Juan León Fandiño, en la costa de Florida apresa a un barco inglés que realizaba comercio no permitido, comandado por el capitán Robert Jenkins al cual le hizo cortar una oreja y le devolvió a su rey con un mensaje muy claro: “Ve y dile a tu Rey que lo mismo le haré si a lo mismo se atreve”.

El gobierno inglés armó una flota compuesta de 186 barcos y 23.000 hombres al mando del almirante Sir Edward Vernon, la cual superaba, incluso, los 120 barcos de la Armada Invencible de Felipe II, con lo que nos da una idea del poderío militar exhibido y, visto el resultado final, la importancia épica de la victoria española.

Dicha flota se presentó en la bahía de Cartagena que contaba con 3000 defensores, no todos ellos tropa regular, y 6 navíos, al mando del  Virrey Eslava y el Almirante Blas de Lezo , viejo marino apodado el “medio hombre” por ser tuerto, cojo y manco, producto de anteriores batallas navales.

La ignominia inglesa fue más patente aún por haber mandado el Almirante Vernon acuñar en Inglaterra medallas conmemorativas de la victoria, en las que aparecía Blas de Lezo rindiéndole la plaza, anticipándose al desarrollo de la batalla y plenamente convencido de la supremacía británica que, al menos teóricamente, se correspondía con la desproporción entre los medios del atacante y los escasos pertrechos de los defensores.

Con una habilidad e inteligencia inusuales, aprovechando al máximo la orografía del terreno y la configuración de la bahía de Cartagena, así como sus formidables fortificaciones, Blas de Lezo optimizó todos sus recursos y humilló grandemente al soberbio almirante inglés. A modo de ejemplo: la genialidad de Blás de Lezo que, una vez que los ingleses midieron la altura de las fortificaciones para construir las escalas con las que asaltarlas, salieron en la oscuridad de la noche los hombres y mujeres de Cartagena y excavaron un profundo foso al pie de las mismas haciendo inadecuadas las escaleras inglesas, que sorpresivamente se les habían quedado cortas.

Con su estilo incomparable Inglaterra convirtió a pesar de todo la derrota en victoria frente a la opinión pública de la época. Al igual que se hiciera Isabel I con el desastre de la contra_armada de Drake, se prohibió toda referencia pública a la batalla, se borró de las crónicas la mancha provocada a la orgullosa flota inglesa, a lo que contribuyó la poca defensa y promoción que hizo España de su victoria.

Al almirante Vernon ni mucho menos se le destituyó y en el ambiguo epitafio de su tumba, un turista incauto bien pudiera pensar que, efectivamente, en Cartagena alcanzó la victoria que su fuerza naval le pudo proporcionar, pese a que no pudo.

LAS FORTIFICACIONES DE CARTAGENA DE INDIAS: ESTUDIO DETALLADO, Fuente: Biblioteca Virtual Biblioteca Luis Angel Arango

Con estos dos enlaces podemos estudiar con detalle las defensas y fortificaciones de Cartagena de Indias, el marco donde se desarrolló la famosa batalla.

LA PLAZA:  http://www.banrepcultural.org/blaavirtual/historia/fortificaciones/fortif3.htm

LA BAHIAS: http://www.banrepcultural.org/blaavirtual/historia/fortificaciones/fortif2.htm

Según información que facilita en su propio blog, Pablo Victoria es doctor en economía y doctor en filosofía. Ha sido congresista y Senador de la República de Colombia, profesor universitario, escritor, historiador y columnista de diversas publicaciones. Ha escrito una serie de libros de temática histórica y política: El día que Cartagena derrotó a Inglaterra 2012Al oído del rey 2005;  El día que España derrotó a Inglaterra 2005; España contraataca 2005 (este último, también muy recomendable,  relata la intervención del general Bernardo de Gálvez en la Guerra de Independencia norteamericana, que ocupa los puestos ingleses en el río Mississippi y reconquista de La Florida proporcionando a los rebeldes americanos una ayuda tan importante como desconocida, ninguneada respecto de la famosa presencia de Lafayette.

La figura pública de Pablo Victoria resulta un tanto controvertida por la atribución de afinidades políticas ultraderechistas, sin embargo el presente trabajo se  ciñe exclusivamente a la valoración de la obra reseñada en sí misma considerada, sin connotaciones de ninguna especie. Cuando leí el libro por primera vez me pareció un magnífico trabajo y desconocía todo sobre su autor. El simple hecho de justificar con estas líneas la pertinencia de la reseña me incomoda, máxime cuando entiendo que sería totalmente superflua si el autor fuera un marxista reconocido como por ejemplo García Márquez o Mario Benedetti (a cuyo estudio pretendo dedicar mi tiempo en futuros trabajos) cuya calidad literaria es indiscutible (e insuperable) siendo absurdo que el vergonzoso velo de la corrección política empañe el brillo que reverbera en sus obras por sí solas.

  • 17.0×24.0cm.
  • Nº de páginas: 228 págs.
  • Editorial: ALTERA 2005
  • Lengua: ESPAÑOL
  • Encuadernación: Tapa blanda
  • ISBN: 9788489779686
  • Año edicón: 2005
  • Plaza de edición: BARCELONA