lo que yo leo

Un blog sin pretensiones, sobre reseñas literarias para leer en 10 minutos; contiene comentarios sobre libros, recomendaciones, divagaciones y toda clase de digestiones literarias que un lector compulsivo ha aderezado a su gusto. Por supuesto, abierto a colaboraciones y opiniones. Casi es obligatorio equivocarse aunque, evidentemente, yo soy yo y tú, eres tú, por supuesto; pero ni yo soy tú ni tú eres yo, por lo tanto, todo lo que escribas es tu responsabilidad: cada uno es dueño de sus palabras y de sus silencios, sin embargo, tu libertad no te permite escribir nada ilegal o degradante para otros como tú y como yo. Es por eso que, al menos ese SILENCIO sí impera en este blog.


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“el fantasma de harlot”, de norman mailer: más, mucho más.


“Los hechos descritos son reales, o capaces de respetar las proporciones de los hechos reales. He intentado evitar exageraciones. Si lo he logrado, El Fantasma de Harlot ofrecerá una CIA imaginaria que actúa en una órbita paralela de la CIA real, sin sobreestimar, ni subestimar, sus verdaderos poderes.” N.M., de la nota del autor.

Inmediatamente después de la II Guerra Mundial, la Historia del mundo es la historia de Estados Unidos. Sus logros, que los hubo, son los logros de Estados Unidos, sus miserias y sus guerras, que  las hubo (indudablemente), son las del joven imperio norteamericano. Con un continente europeo convaleciente, un continente asiático devastado y un continente suramericano aún adolescente, los Estados Unidos emprenden desde muy pronto la labor autoimpuesta de gobernar y regir, bajos sus valores y principios, el mundo conocido. En ese contexto mundial sólo una potencia, la extinta URSS, se yergue frente al poder americano y, con su sombra, pretende  oscurecer la promesa de brillo y esplendor que ofrece el país de las barras y las estrellas.

Es el comienzo de una guerra encubierta cuyo inicio sólo unos pocos supieron anticipar y prever. La Guerra Fría que se entabló entre las grandes potencias, a las que también pronto se incorporaría el gigante dormido de China, no dejó de ser un enfrentamiento entre las distintas concepciones de la política, la economía, del mundo: el comunismo y el capitalismo. Y cada una de ellas desarrolló sus propias instituciones para proveer de operativos de inteligencia y espionaje con los que socavar los cimientos del bloque ideológico oponente. Por un lado, la CIA y la agencia aliada, el MI6 británico. Por otro lado la KGB soviética y sus adláteres, la Stasi alemana, la Securitate rumana. Todas ellas instrumentos de infiltración, contraespionaje y terrorismo de Estado.

Vista con la perspectiva del tiempo, el pasado siglo XX, nuestro siglo (puesto que nacimos en él), no deja de ser un tiempo atroz de muerte y destrucción masiva. El hombre del siglo XX, tan prolífico en logros culturales, artísticos e intelectuales, también supo aflorar lo peor de sí, lo peor del género humano en una proporción y con tal grado de malignidad nunca conocido hasta ese momento.

Norman Mailer, el escritor norteamericano, es el gran cronista de los hechos más significativos de este siglo XX. Quizás comparable en lo literario a Truman Capote y a Tom Wolfe en lo periodístico, Norman Mailer sabe relatar, en una perfecta conjunción entre lo que es novela y periodismo, esos acontecimientos de la historia, desde la perspectiva de E.E.U.U. que tanto influyeron en el destino del resto del mundo: la II Guerra Mundial, la guerra de Vietnam, las protestas de la “izquierda” norteamericana, etc.

Con la novela “Los desnudos y los muertos”, consagró la foto fija de la II Guerra Mundial, que luego se ha repetido hasta la saciedad en autores posteriores, tanto novelistas como cineastas. Al igual que ésta, la novela objeto de reseña, “El fantasma de Harlot”, consiguió retratar la trastienda de la C.I.A., la sordina de sus fracasos, sus conexiones con la Mafia y con la oposición cubana a Fidel Castro, su enfrentamiento fraticida con el FBI y su implicación (o nó) en el asesinato de J.F.K y estableció, de un modo magistral los mimbres con las que autores posteriores trabaron sus obras sobre este periodo.

Quizás esta gran novela de más de 1150 páginas no tenga parangón a cualquier otra obra literaria. Salvo la excepción de la magnífica trilogía americana de James Elrroy (“America”, “Seis de los grandes”, “Sangre vagabunda”), con la que comparte el argumento y ambientación pero a la que supera en cuanto al estilo literario, frente al estilo sincopado de Elrroy, y en cuanto a la rotundidad y contundencia de alguna de sus páginas más profundamente eruditas y filosóficas. Por contra, siguiendo con la comparación, la novela de Mailer carece del ritmo y tensión dramática de la novela en lo que el autor californiano es insuperable.

Creo que su envergadura es excesiva, su lectura se hace tediosa en cierta ocasiones en las que el argumento discurre por unos recovecos que no aportan nada. La excusa del relato de unas memorias ficticias, el matrimonio de Harlot y su vida familiar o su propia presencia en la novela, y las disquisiciones psicológicas de la protagonista, entiendo que sobran, aunque para el autor formen parte del todo, de un menú que se nos sirve en su integridad.

La trama se ambienta distintos escenarios de Berlín, Montevideo, Cuba o París, en el periodo de la posguerra guerra fría, siendo el vehículo del autor para mostrar los entresijos de la Agencia, su funcionamiento y las tensiones con otros organismos, especialmente el FBI de Hoover. Un acierto de la novela es la intercalación en la trama de figuras históricamente relevantes en ese periodo con otros personajes de ficción, lo que le otorga al conjunto verosimilitud y credibilidad y facilita una mejor comprensión del contexto histórico en el que se desarrolla.

Finalmente, debo decir que atendiendo a la abrumadora profusión bibliográfica, se aprecia que es una novela muy documentada. Y que su autor no deja de ser un cronista riguroso dotado, a la vez, de un gran talento literario. Compensando los pros y los contras, creo que es una novela recomendable.

Un saludo 

Norman Kingsley Mailer (fuente: WIKIPEDIA) (Long Branch, 1923 – Nueva York, 2007) poeta, ensayista, periodista, dramaturgo y novelista. Intervino en 1943 en la Segunda Guerra Mundial, de cuyas experiencias personales extrajo su primera novela, Los desnudos y los muertos (1948), que se convirtió en un best-seller.
En 1958, publica  El negro blanco, un ensayo sobre los marginados en la sociedad norteamericana de los años cincuenta y sesenta.
En 1968  sale a la luz  Los ejércitos de la noche (1968) en la que aúna novela y periodismo para relatar la “marcha sobre el Pentágono” de 1967 en la que una serie variopinta de organizaciones de izquierda organizaron una protesta contra el gobierno de Washington y la guerra de Vietnam. Fue galardonado con el Premio Pulitzer por esta novela de no ficción.En 1979 volvió a obtener el Premio Pulitzer por La canción del verdugo (1979) por la que abogó en favor de la concesión de la libertad condicional para el asesino Jack Abbot. Su obra y su vida se caracterizaron por la controversia, el activismo político y por la genialidad más desmesurada.

SINOPSIS EDITORIAL: El cadáver de Hugh Montague, antiguo oficial de la CIA, es descubierto flotando en un lago, con la cara destrozada. Harlot, tal era su nombre en clave, no trabajaba ya en la Agencia, pero aún continuaba investigando lo que él llamaba «los Grandes Santones». Su desaparición abre ahora un interrogante: ¿Se ha suicidado, ha sido asesinado o es sólo un montaje para poder desaparecer de la vida pública? Harry Hubbard, ahijado de Harlot, casado con su ex esposa, sabe que también su vida está en peligro. Decide huir. Durante un año, escondido en un hotelucho de Nueva York, escribe sus memorias. En esta novela, Norman Mailer descubrirá no sólo una historia apasionante sino, también, la posibilidad de conocer el funcionamiento interno de la CIA; su formación, sus métodos, sus objetivos…

PN 546

  • ISBN 978-84-339-7006-0
  • EDITORIAL ANAGRAMA
  • NÚM. DE PÁGINAS 1296
  • COLECCIÓN Panorama de narrativas
  • TRADUCCIÓN Rolando Costa Picazo
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“para acabar con todas las guerras” (ensayo) de adam hochschild, cuando la euforia de la guerra envenenó los corazones


“Desde el principio, decenas de miles de personas de ambos bandos reconocieron en la guerra la catástrofe que era. Creían que el inevitable coste en vidas no merecía la pena, y algunos de ellos anticiparon con trágica claridad al menos parte de la pesadilla en la que se sumiría Europa como consecuencia de la misma y lo expresaron públicamente. Además, dijeron que lo que pensaban en una época en la que era necesario tener mucho valor para hacerlo, ya que el ambiente estaba cargado de un ferviente nacionalismo y un desprecio por los disidentes que a veces se traducía en violencia” A.H

En 1914, la civilización europea emprendió un camino por el cual, lejos de cumplirse los designios del presidente norteamericano W. Wilson en el sentido de iniciar “una guerra que acabaría con todas las guerras”, al término de la misma se construiría “una paz para acabar con la paz”, tan inestable, tan desproporcionada, tan abusiva, que se constituiría en la excusa inmediata para el estallido de la posterior II Guerra Mundial.

En efecto, como coincidieron en reconocer numerosos contemporáneos, la percepción de la sociedad británica o francesa, y no digamos la opinión pública alemana, y la mayor parte de sus dirigentes, estaban a favor de una confrontación militar que consideraban inevitable, necesaria e, incluso, beneficiosa. Más aún, dada la escalada militarista y la permanente tensión y conflicto político existente entre las distintas potencias, apenas hubo voces discrepantes, salvo muy pocas excepciones, que supieran formular sus protestas en ese momento y manifestar su oposición a la gran catástrofe a que daría lugar.

Numerosos testimonios, biografías, ensayos históricos, reportajes periodísticos y obras de ficción como novelas  y poesías, relatan las ansias contenidas que se iban acumulando en el periodo previo al estallido del conflicto y el posterior entusiasmo desbordante con el que los responsables políticos y los ciudadanos voluntarios acogieron la posibilidad de acudir al frente y luchar –morir- en una guerra que preveían rápida, contundente e indolora.

La realidad de la guerra fue muy distinta, tal y como relatan las desgraciadas estadísticas de fallecidos -civiles y militares-, los estudios sobre las cuantiosas pérdidas económicas y la fractura de una concepción del mundo que definitivamente abandona el siglo XIX para abocarse de lleno al siglo XX.

Como muy bien relata Hochschild, la Primera Guerra Mundial supuso un cambio drástico para la civilización occidental. A nivel político supuso el derrumbe definitivo del imperio otomano, sustentado durante mucho tiempo por la endeble ficción de su carcasa administrativa. También trajo consigo la metástasis del Imperio Ruso que devino en el cáncer revolucionario y posterior régimen estalinista, que tantas vidas segó. También feneció el Imperio Astro-Hùngaro y su acharolada pretenciosidad, configurado como una amalgama insoluble de etnias y culturas regida por una ineficaz bicefalia.

Igualmente, la contribución al esfuerzo bélico de los territorios de Africa y Asia sujetos al mandato imperialista británico y francés inoculó el virus de la autoconciencia y la determinación que iniciaría el declive del imperialismo y el fin del colonialismo, aunque permanecería adormecido y latente hasta el fin de la II Guerra Mundial.  

A nivel estrictamente militar, supuso, por primera vez la  incorporación de la industria al esfuerzo bélico mediante la creación de  innovaciones técnicas orientadas específicamente hacia su aplicación militar, como fueron el alambre de espino, el lanzallamas, el tanque; o el empleo masivo y sistemático de aquellas otras que, si bien ya existían con anterioridad, como el submarino, el dirigible, la ametralladora o el aeroplano, nunca antes se habían utilizado entre potencias europeas.

Las peores consecuencias de esta “gran guerra” fueron sobre todo las ingentes pérdidas humanas y la devastación de territorios y poblaciones, llegando a alcanzar, según estadísticas generalmente aceptadas, la cifra de ocho millones de combatientes muertos.

El libro objeto de reseña nos cuenta, con la amenidad propia de una crónica periodística, la historia de la guerra mundial vista desde la perspectiva de la retaguardia británica. No pretende ofrecer un relato exhaustivamente detallado de la campaña bélica ni de las repercusiones políticas o sociales de este primer gran conflicto del siglo XX. Simplemente nos entrega la semblanza biográfica de una serie de personajes históricos, todos ellos británicos, que fueron voces discordantes en el gran corifeo belicista.

Desde el Jubileo de la Reina Victoria de 1887 hasta el fin de la guerra, aparecen por sus páginas, en un sencillo entramado de biografías hilvanadas, personajes como Pankhurst, las sufragistas inglesas que pasaron de un activismo radical contra el Primer Ministro Lloyd George a una defensa cerrada e igualmente radical a favor del belicismo –salvo Sylvia, cuya coherencia intelectual le impidió adherirse a la causa bélica en la que, a su juicio enfrentaba a la clase trabajadora, independientemente de su nacionalidad, para garantizar y favorecer los intereses de la élite gobernante. Junto a ella, el fundador del Partido Laborista Independiente, el pacifista y socialista James Keir Hardie; o el filósofo Bertrand Russel, también opositor a la guerra, que sufrió de ostracismo y persecución política –aunque fue tratado con el “rigor” que correspondía a su clase social.

Igualmente nos acerca a la biografía de Charlotte Despard, dama inglesa de alta alcurnia que se caracterizó por un enfervorizado activismo en pro de las reformas sociales y en contra de una guerra que, casualmente comandaba su hermano John French, conde de Ypres, jefe del Estado Mayor Imperial de marzo de 1912 a abril de 1914, sustituido posteriormente por Douglas Haigh. También se cruza en el relato Alfred Milner, el administrador colonial de Sudáfrica que posteriormente fue nombrado miembro del Gabinete de Guerra y administrador colonia.

Es este un libro muy recomendable como complemento a otros como el libro ya reseñado de Sebastian Haffner, centrado en el ámbito sociológico del Reich alemán; o un libro más general, sobre las causas históricas de la guerra como “1914” de Margaret McMillan; o libros más técnicos como “La Primera Guerra Mundial” de Hew Strachan o “1914. El año de la catástrofe de Max Hastings. También, dentro del género narrativo son de destacar otras obras “El miedo”. Gabriel Chevallier. “14”, de Echenoz, “Tempestades de acero”. Ernst Jünger. “Las aventuras del buen soldado Svejk”. Jaroslav Hasek. “El final del desfile”. Ford Madox Ford. Así como biografías como la de Robert Graves o Stefan Zweig que abarcaron dicho periodo.

Un saludo.  

Adam Hochschild, escritor, periodista e historiador nacido en Nueva York en 1942.)  En 1998 publicó  El fantasma del rey Leopoldo, una historia de la conquista y colonización del Estado Libre del Congo por el Rey Leopoldo II de Bélgica. Con este libro ganó el premio Duff Cooper en Inglaterra y fue finalista en el del National Book Critics Circle de Estados Unidos. Su libro Enterrad las cadenas, publicado en 2005 acerca del movimiento antiesclavista en el Imperio Británico fue también finalista del National Book Award. Hochschild ha escrito también para la revistas The New Yorker, Harper’s Magazine, The New York Review of Books, The New York Times Magazine, y The Nation.

Para acabar con todas las guerras

  • traductor: FONTAL, YOLANDA; SARDIÑA,
  •  editorial: PENINSULA
  •  año de edición: 2013
  •  páginas: 624
  •  isbn: 978-84-9942-179-7

 


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“los siete pecados capitales del imperio alemán en la primera guerra mundial” (ensayo) de sebastian haffner: la conjunción del odio, el azar y la razón política provocaron el infierno.


“En lugar de cuestionarse por qué se embarcaron en la guerra y luego la perdieron, se han convencido una y otra vez de que ellos no fueron los culpables y de que, en realidad, la habían ganado. El resto, todo lo demás, fue fruto del “destino” S.H.

Como en todo proceso histórico, respecto de la Primera Guerra Mundial existe un hecho desencadenante como causa inmediata pero existe también una causa mediata que ha ido madurando y gestándose en un periodo más largo y que ha favorecido el sustrato sobre el que, finalmente, florece tal acontecimiento histórico.

Es comúnmente aceptada la fecha de 28 de Julio de 1914 como inicio de la Primera Guerra Mundial, con la declaración oficial de guerra por parte del Imperio Austro-Húngaro contra Serbia, cuyo pistoletazo de salida (literalmente) fue el magnicidio ocurrido en Sarajevo con fecha 28 de Junio  contra el heredero del Imperio Austro-Húngaro, el archiduque Francisco Fernando.

Hasta el 11 de Noviembre de 1918 se fueron desgranando los acontecimientos, malévolamente colocados por el destino o la ceguera de los hombres, que fueron cayendo como hilera de fichas de dominó, dejando el tablero de juego europeo, y mundial, terriblemente devastado. Y no solo en cuanto a pérdidas humanas y grandes pérdidas materiales de lo que fue, verdaderamente, la “Gran Guerra”, en cuanto a sus terribles estadísticas, nunca sufridas por la humanidad hasta esa fecha, sino principalmente por dejar en el campo europeo los rescoldos de lo que pocos años después estallaría con el auge de los totalitarismos fascistas y comunistas y que culminaría con la gran devastación de la Segunda Guerra Mundial y la Guerra Fría.  

En efecto, la intrincada y complicada relación entre las distintas potencias mundiales del momento; el precario equilibrio de fuerzas en pugna; el lento derrumbe del Imperio Otomano (en palabras del Zar Nicolás I “el hombre enfermo de Europa”) cuya fragmentación estimuló las apetencias italianas, y la creación de nuevos nacionalismos y estados en Grecia, Serbia, Armenia, Bulgaria, Montenegro, Albania, etc; el creciente militarismo del Imperio Alemán que era presentido como una amenaza por parte de Gran Bretaña (en su imperio de ultramar), por Francia (respecto de las regiones de Alsacia y Lorena) y por el Imperio Ruso (respecto de su posición en los Balcanes y las frontera orientales de Polonia y Ucrania); y, finalmente, la ambición del Imperio Alemán, aspirante a la hegemonía continental y colonial, fueron determinantes para la génesis y expansión del conflicto.

Desde el fin de la Guerra Franco-Prusiana de 1870 se fue gestando en Europa una especie de “Guerra Fría” que se ha denominado históricamente como la “Paz Armada”. En este periodo se van fraguando las tensiones y conflictos latentes entre las potencia europeas que culminarían en la guerra del 14. Al igual que en periodo de posguerra posterior a 1945, se van formando bloques de intereses, muchas veces matrimonios de conveniencia malamente avenidos pero unidos por un miedo común.

Así se forma en 1882 la Triple Alianza, formada por las potencias centrales de Alemania, Austria-Hungría e Italia (que posteriormente se encuadraría en el bando de los aliados) y la Triple Entente en 1907 entre Rusia, Francia e Inglaterra a pesar de que ingleses y franceses mantenían un conflicto a causa de Sudán e ingleses y rusos mantenían posturas hostiles en torno a Oriente Medio. Sin embargo la prevención frente a un emergente enemigo común, Alemania, fomentó una unión de intereses que, a la larga, provocó su inclusión en el conflicto.

A partir de la raíz del asesinato del archiduque, (28 Junio) Austria-Hungría declara la guerra a Serbia ante su negativa a acatar las condiciones de investigación del magnicidio (28 de Julio). El Imperio Ruso, aliado de Serbia, procede a la movilización general de sus tropas (29 Julio) y, a su vez, el Imperio alemán dirige un ultimátum a Rusia estimando que dicha movilización es un acto de guerra, declarando la guerra el 1 de Agosto. Francia, aliado de Rusia, adopta medidas defensivas  en su frontera con Alemania que provoca que esta le declare la guerra (4 de Agosto). Con la invasión alemana de Bélgica, estado neutral, entra en el conflicto Inglaterra. Japón lanza un ultimátum a Alemania el 23 de Agosto por la retirada en la zona de Jiaozhou (China). Turquía y Bulgaria se alían con la Triple Alianza en 1915. Italia, Rumanía, se incorporan en 1915 al bando de la Triple Entente; posteriormente se incorpora Estados Unidos en Abril de 1917 por el inicio por parte de Alemania de la guerra submarina en el Atlántico.

Pese a las espectaculares victorias alemanas, su pujante empuje militar y su audaces y geniales iniciativas bélicas, roto el frente en Macedonia, Bulgaria se rinde. Igualmente hace el Imperio otomano ante la ofensiva inglesa en Palestina y Bagdad. Por su parte, Austria cede ante el avance Italiano y se rinde. Alemania se queda sola y no puede culminar su última ofensiva contra París.

El 11 de Noviembre de 1918 finaliza una guerra que ha contado con distintos escenarios en todo el mundo, en Europa  (en Francia, frente occidental; en Rusia, Polonia y Cáucaso, frente oriental; en los Balcanes y los Dardanelos; en Italia),  en el Oriente Medio y Extremo Oriente,  en África, en el Pacífico y en el Atlántico. Intervinieron multitud de colonias como Australia, India, Nueva Zelanda, Sudáfrica, y países como Canadá o Portugal.

Atrás quedaron incontables muertos y el fin de una era, el siglo XIX, que finalizó en 1914 y del que surgió un nuevo orden mundial; con él sucumbieron el Imperio Alemán, el Imperio Austro-Húngaro, el Imperio Ruso, el Imperio Otomano y se crearon nuevos naciones independientes como Finlandia, Estonia, Letonia, Lituania, Polonia, Yugoslavia, Checoslovaquia, y la separación definitiva de Austria y Hungría.

Esta es la escueta cronología de los hechos admitida de común acuerdo.

Al respecto, sobre las causas que dieron lugar al conflicto, el historiador Sebastian Haffner encuentra otras causas remotas de la Primera Guerra Mundial más afines al campo de la psicología, la sociología, la política y la diplomacia alemanas del periodo previo.

Partiendo de la responsabilidad indiscutible del Imperio Alemán en la provocación de la guerra analiza los “pecados capitales” cometidos por “decisiones equivocadas y medidas incorrectas por parte de unos gobiernos alemanes que, en su mayoría, contaron con la aprobación de la opinión pública”

1) “El alejamiento de Bismark”

Consciente de la imposibilidad del mantenimiento de una guerra en dos frentes simultáneos, el occidental con Francia y el oriental con Rusia, el “canciller de hierro” diseño una hábil política diplomática centrada en dos objetivos, el asilamiento de Francia, como enemigo acérrimo del Imperio Alemán y la evitación de todo enfrentamiento con el Imperio Británico.

Por un lado pactó un acuerdo con el Imperio Austro-Húngaro, con el que compartía frontera en Polonia y propició un acercamiento con el Imperio Ruso, mediante la formación de la Liga de los Tres Emperadores, pese a las rencillas ruso-austriacas en la zona de los Balcanes

Por otro lado propició la Triple Alianza entre Alemania, Austria e Italia, igualmente frágil por las tensiones existentes entre estos dos países a raíz de la unificación italiana y el conflicto en la zona de los Alpes.

El abandono de esta política de equilibrio continental interior y respeto a la hegemonía británica en el exterior, el deseo de satisfacer un ansia imperial, llevó a Alemania a desear y a provocar la guerra.

 2) “El plan Schliefen”

Según Haffner, la decisión final a favor de una guerra de Austria contra Serbia se tomó el 5 de Julio de 1914 en Potsdam. La indecisión del Gobierno Austro-Húngaro y la división de pareceres entre la beligerancia del Jefe del Estado Mayor, las vacilaciones del ministro de Asuntos Exteriores y el Emperador Francisco José y el voto contrario del Primer Ministro húngaro, les llevaron a trasladar la decisión a Alemania, que aquel momento le pareció favorable frente a la creciente y acelerada modernización e industrialización emprendida por el Imperio Ruso, especialmente su sistema ferroviario.    

El cálculo erróneo fue considerar que Inglaterra se mantendría neutral si la guerra se declaraba por mediación de Austria y frente al pequeño estado de Serbia, teniendo en cuenta la débil alianza anglo-rusa y que la zona balcánica era precisamente el punto más débil de las relaciones entre ambos países.

Este razonamiento, a posteriori, parecía adecuado pues, como declararía más tarde Churchil, ministro de Marina en aquel momento, “La mayor parte del gabinete estaba a favor de la paz. Al menos tres cuartas partes de sus miembros estaban decididos a no dejarse arrastrar hacia ningún conflicto europeo a menos que la propia Inglaterra fuere atacados, cosa que no era muy probable. Primero confiaban en que entre Austia y Serbia la sangre no llegara al ´rio; segundo, de no ser as´ñi esperaban aue Rusia no interviniese; tercero, si Rusia intervenía, confiaban en que Alemania se mantuviese al margen; cuarto, si Alemania sí que atacaba a Rusia, esperaban que al menos Francia y Alemania se neutralizaran mutuamente, sin necesidad de combate; pero si Alemania atacaba Francia, creían que al menos no lo haría a través de Bélgica y de hacerlo, al menos sin que hubiera resistencia por parte de belga…” 

Sin embargo, el único plan con que contaba el Imperio Alemán era el denominado  plan Schliefen, que contemplaba, en caso de una guerra en dos frentes, la estrategia de un movimiento defensivo o retirada en el frente del Este y una rápida derrota de Francia en el frente Oeste a través de Bélgica, dada la fortaleza defensa de la frontera francesa.

Es decir, que la única vía posible contemplada por el gobierno alemán llevaba aparejada la ruptura del equilibrio y la neutralidad inglesa y su invitación a un conflicto que, de este modo se transformó de una guerra local a una guerra mundial. 

3) “Bélgica y Polonia, o la huida de la realidad”.

En el verano de 1915, Alemania había logrado una clamorosa victoria sobre la Rusia en el frente del este que le podría facilitar una salida airosa del conflicto, contra todo pronóstico, dado el estancamiento en el frente occidental –que privó de una rápida  fácil derrota francesa- y el agotamiento de sus fuerza militares frente a una intacta Inglaterra, que aún conservaba freso su contingente militar. Bien pudiera haber negociado una paz sin pérdidas que hubiera evitado la continuación de la guerra. Sin embargo, rechazó tal posibilidad, a juicio de Haffner, no siendo siquiera consciente de su existencia: Alemania llevaba tiempo a la defensiva y sin embargo seguía sintiéndose en posición de ataque, con una total pérdida del sentido de la realidad una paz sin vencedores y vencidos era considerada como una derrota.

Relata Haffner cómo en aquellos días el debate nacional en Alemania se centraba en gestionar la victoria, con fantasías sobre el reparto y administración de la costa belga el destino de Polonia como protectorado alemán o anexionarla a Austria, la incorporación de Egipto y Sudan para favorecer el acceso a Oriente Próximo y atraer al ámbito de poder alemán a  Holanda  y sin embargo, las ciudades alemanas pasaban hambre por la escasez de recursos, el ejército estaba desbordado en los frentes del Somne, en Flandes, en Rokitnoje, en Baranovichi, en Galitzia y Bucovina, en el frente austriaco,  resistiendo a duras penas y sufriendo un grave desabastecimiento.

En 1916, con la mediación del presidente americano Wilson, se pudo llegar a una paz razonable con las potencias aliadas, bajo el presupuesto de retrotraer Bélgica y Polonia a la situación previa del conflicto. El gobierno alemán rechazó esta posibilidad, ofreciendo, con notable prepotencia, unas condiciones de paz que, incomprensiblemente anulaban cualquier opción a la misma: Bélgica y Polonia resultaron innegociables cuando históricamente la política anexionista alemana nunca contó con estos países. Bélgica no fue más que un instrumento para la invasión de Francia. Polonia, por el contrario nunca se encontró bajo las aspiraciones alemanas, si acaso la parte prusiana de Polonia, pero dentro de las ambiciones territoriales de Austria. Sin embargo el 5 de noviembre se proclamó el Reino de Polonia en la Polonia rusa ocupada con lo que se anuló cualquier opción a llegar a una paz especial con el Imperio Ruso.   

4) “La guerra submarina sin cuartel”.

La ceguera del gobierno alemán, que le llevó a provocar la entrada en guerra a Inglaterra, le llevó a provocar igualmente la entrada en guerra de Estados Unidos mediante la estrategia de una guerra submarina sin cuartel. El presidente Wilson ya había advertido al gobierno alemán de esta posibilidad y, sin embargo, aquel, calculando erróneamente que de este modo anularía el poderío naval británico (militar y mercante)  incorporó a un enemigo mucho más poderoso aún. Si con la entrada en guerra de Inglaterra se avocó a una derrota probable, la venida de Estados Unidos la elevó a una certeza absoluta.

5) “El juego de la revolución mundial y la bolchevización de Rusia”.

La bolchevización de Rusia, según Haffner, fue consecuencia de una política consciente y muy meditada de la Alemania imperial con la que se aspiraba a la paz victoriosa en el Este y a la anulación y desmantelamiento del gran Imperio Ruso, no meramente una paz parcial que aliviaría el frente oriental, pues este objetivo pudo conseguirse con la mediación del Presidente Wilson y la renuncia a la proclamación del Reino de Polonia.

Lenin fue un visto como un peón más de la estrategia alemana de la reforma de le estructura de los Estados de Europa en un imperio Alemán, el favorecer y facilitar la revolución bolchevique como “instrumento bélico” para la desestabilización del Imperio Ruso. Así, Lenin y la revolución bolchevique fue financiada por el gobierno alemán y su éxito se debió en gran medida a esta ayuda.

6) “Brest-Litovsk o la última oportunidad desaprovechada”

En la primavera de 1918, Alemania impuso a la Rusia bolchevique la paz de Brest-Litosk con unas gravosas concesiones territoriales y políticas: Alemania había ocupado Finlandia, Livonia, Estonia, Ucrania, la región del Donets, Crimea, la península del Quersoneso, provisionalmente las regiones del Don y Kuban y había llegado al Cáucaso.

El gobierno alemán se  cegó ante el espejismo de un gran Imperio Alemán Oriental y lejos de aprovechar la oportunidad de liberar del frente oriental unos efectivos que hubieran podido alterar el resultado del frente occidental, su expansión por el Este fue la mayor de toda la guerra en su afán de consolidar los territorios esquilmados a Rusia en vez de haber negociado una paz moderada y asequible para un  adversario que, en última instancia nunca fue derrotado militarmente, y sentar las bases de una futura relación más armónica y estable.

7) “La verdadera puñalada”

En abril de 1918 la derrota alemana ya era clara. Estados unidos había entrado en guerra y las fuerza alemanas estaban exhaustas e imposibilitadas de hacer mella en el frente inglés y francés cuando debían enfrentarse ahora a un ejército nuevo, fresco y bien equipado. Por otro lado, los aliados alemanes estaban igualmente al límite de sus fuerzas y cercanos a la rendición.

Y sin embargo el ejército alemán permanecía invicto con posibilidades de efectuar una retirada estratégica del frente francés y belga y adentrándose en sus propias fronteras, incluso con la renuncia a Alsacia y Lorena, diseñar una operación estrictamente defensiva que motivase, aún, a las potencias aliadas a aceptar negociar una paz equilibrada.

Conocida esta situación no fue asumida en absoluto y por una grave carencia psicológica que impidió reconocer la realidad se exigió a los alemanes que continuasen luchando. Según Haffner, la derrota alemana de 1918 se produjo en tres fases. Una fase de abril a mediados de junio de las omisiones imperdonables, en la que ninguno de los contendientes supo que había llegado el final; una segunda fase de desde mediados de julio hasta mediados de septiembre, de la derrota militar y el derrumbe de los aliados alemanes en la que Alemania persistió en retener Bélgica y el norte de Francia como “prenda”; y la tercera fase del 29 de septiembre, de la derrota incontrolable, en la que el mando del Ejercito obligó al gobierno imperial a firmar un alto el fuego sin preparación ni negociación previa.

El desarrollo de estos acontecimientos en noviembre de 1918, depositó en manos de socialdemócratas, liberales y católicos, según Haffner, la responsabilidad de asumir la derrota y la capitulación cuando nunca antes tuvieron la responsabilidad en la guerra.

Adoptando una estrategia militar errónea, ofensiva en vez de defensiva, se frustró al menos el éxito táctico de una paz negociada, obteniendo una paz vergonzosa que irrumpió en la mentalidad de la sociedad alemana y le suministró el veneno del sentimiento de traición. La “puñalada” que el pueblo alemán entendió haber recibido cuando lo cierto, según Haffner, fue que la verdadera puñalada la recibió de sus propios dirigentes que le ocultaron la verdad reparadora y fomentaron el autoengaño de por vida (causa del posterior sentimiento de revancha que aprovechó Hitler, con las consecuencias conocidas).

Finaliza el texto con sendos epílogos de 1964 y 1981. El primero de ellos, en el contexto de la Guerra Fría y la política de bloques, el autor denuncia que la República Federal aún no ha abandonado la mentalidad y estado de ánimo que le llevó a la intervención en las dos guerras mundiales y que sigue cometiendo los mismos pecados denunciados en su ensayo. El segundo epílogo sirve para desdecirse de las conclusiones a las que llegó en 1964, no sobre el análisis de la Primera Guerra Mundial sino su reiteración en 1964. El autor considera que ha ocurrido un cambio generacional, un cambio de época en la historia alemana y un cambio en el pensamiento político de los alemanes: en 1970 y 1971 se firmaron los Tratados del Este con la URSS, Polonia y la RDA en virtud de los cuales admitía la inviolabilidad de las fronteras existentes y la renuncia a la reunificación y ampliación de las fronteras.

El presente libro aporta, una visión crítica de la Guerra Mundial relatada por un autor alemán que no británico, francés o soviético. Por otro lado ofrece un análisis de las causas de la guerra no desde los estrictos acontecimientos históricos que dieron lugar a ella sino desde la perspectiva de la mentalidad y psicología profunda tanto del gobernante como de la opinión pública alemana.

Aunque no lo expresa, Haffner comparte con el joven anarquista Gavrilo Princip la significación que tuvo aquel estallido inicial cuando un psiquiatra penitenciario le preguntó cómo se sentía al ser la causa desencadenante de tantas matanzas “Si no lo hubiera hecho, Alemania hubiera encontrado otra excusa”, respondió. 

Muy probablemente sin haber estudiado a Clausewitz, el joven anarquista ratificó instintivamente la concepción que de la guerra formuló el teórico el alemán en el sentido de considerarla un instrumento político. Y como tal fue utilizado, una vez más, y no la última, en este caso por el Imperio alemán de principios del siglo XX.   

Altamente recomendable, la presente obra es un libro corto, escrito en un lenguaje sencillo, casi periodístico, donde los datos puramente estadísticos, la fechas y los nombres son más esclarecedores que la mera relación farragosa de los mismos.     

Un saludo.

SEBASTIAN HAFFNER, pseudónimo de Raimund Pretzel, periodista, escritor e historiador alemán, nacido en Berlín el 27/12/1907 y fallecido en Berlín el 02/01/1999. Estudió derecho, colaboró con el periódico británico el Observer durante su exilio durante la II Guerra Mundial. Destacan sus obras “Historia de un alemán” (1939), “Alemania, Jeckyll y Hyde, el nazismo visto desde dentro” (1940), “Los siete pecados capitales del imperio alemán durante la Primera Guerra Mundial (1964),  “Winston Churchil: una biografía” (1967), “Anotaciones sobre Hitler” (1978) y “De Bismark a Hitler” (1987), “El pacto con el diablo”, “La revolución alemana de 1918-1919.

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  • Nº de páginas: 192 págs.
  • Editorial: DESTINO
  • TRADUCCION: Beatriz Santana Lopez
  • Encuadernación: Tapa dura
  • ISBN: 9788423338283
  • Año edicón: 2006
  • Plaza de edición: BARCELONA


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“tiempos modernos” -ensayo- de paul johnson: ¿condenados a repetirla?


“La gran tentación del colonialismo, el gusano que anidaba en la manzana del mercado libre, era el deseo de realizar actividades de ingeniería social.” P.J.

Ahora que estamos a punto de iniciar el nuevo año 2014, pronto cambiará de sentido la expresión “el año 14”, aunque previsiblemente vuelva a tener el la vigencia de antaño, previsiblemente por el cercano cumplimiento del centenario de la Gran Guerra, que presagia un torrente de libros más o menos afortunados, más o menos oportunistas, sobre la Primera Guerra Mundial y el año 1914.

Ciertamente, aquel año y aquella guerra marcaron el fin de la era decimonónica y el inicio del siglo XX. Aunque cronológicamente el calendario ya había cambiado, sociológica y políticamente el salto cualitativo desde siglo anterior al nuevo siglo se produjo al final del desastre mundial.

Para el historiador Paul Johnson el mundo moderno comenzó el 2 de Marzo de 1919 con la confirmación empírica de la teoría de la relatividad formulada por Einstein, mediante la toma de fotografías simultáneas de un eclipse solar en la isla del Príncipe, frente al África Occidental, y en Sobral, Brasil, corroborando así la superación de la física newtoniana, e iniciando “un mundo relativista” en el que la banalización del término (que horrorizó al propio Einstein) dio lugar a la supremacía del relativismo moral como justificación del totalitarismo. A partir de la teoría de la relatividad se desdibujó el concepto del absoluto y, pese a la confusión entre relatividad y relativismo, el mundo moderno asimiló erróneamente que no había nada absoluto, que todo era relativo. A partir de esa concepción del mundo, éste no volvió a ser el mismo.

Puestos a elegir, sin ánimo de ser pretencioso, para mí el inicio de la época moderna, del nuevo siglo XX, pudo estar al inicio de la Gran Guerra, o la I Guerra Mundial, como se la llamó posteriormente, pasada la catastrófica experiencia, nuevamente, de la II Guerra Mundial.

Si cada época suele ser categorizada y etiquetada con un nombre, una mención definitoria de fácil asimilación y muy útil para resumir en una frase la concepción de todo un siglo, al igual que el s. XVIII fue el siglo del Racionalismo y la Ilustración; el s. XIX el de la Industrialización y el Colonialismo, el s. XX. fue el siglo de la Guerra y el Totalitarismo, aunque también de la descolonización, de las libertades individuales, o de la Era Informática.

De verdad que todo un siglo nos ofrece muchos material de análisis y estudio pero, principalmente el siglo XX se caracteriza por el carácter global de los conflictos armados: se inicia con una guerra mundial y finaliza igualmente con una guerra abierta, esta vez en el mundo subdesarrollado, pero con implicaciones internacionales. Según Wikipedia, las guerras del siglo XX fueron las siguientes: Guerras de los Bóeres (1899-1902), Guerra de los Mil Días (1899-1903), Guerra ruso-japonesa (1904-1905), Revolución mexicana (1910-1917), Guerra del Rif (1911-1927), Guerras de los Balcanes (1912-1913), Primera Guerra Mundial (1914-1918), Revolución rusa (1917-1921), Genocidio armenio en Armenia (1915-1923), Revolución de Noviembre en Alemania (1918-1919), Guerra civil china (1927-1950), Matanza de San Valentín (1929), Guerra colombo-peruana (1932-1933), Guerra del Chaco (1932-1935), Guerra Civil Española (1936-1939), Guerra peruano-ecuatoriana (1941-1942), Segunda Guerra Sino-Japonesa (1937-1945), Segunda Guerra Mundial (1939-1945), Guerra Fría (1945-1991), Guerra de Indochina (1946-1954), Primera guerra árabe-israelí (1948), Guerra de Corea (1950-1953), Guerra de Argelia (1954-1962), Primera guerra civil sudanesa (1955-1972), Guerra de Suez (1956), Guerra de Sidi Ifni (1957-1958), Revolución cubana (1956-1959), Crisis del Congo (1960-1965), Guerra civil de Guatemala (1960-1996), Conflicto armado colombiano (1964-presente), Guerra de Vietnam (1965-1975), Guerra de los Seis Días (1967), Guerra Cristera México (1926 -1929), Guerra civil nigeriana (1967-1970), Guerra de Yom Kipur (1973), Genocidio camboyano (1975 – 1979), Revolución Sandinista (1979 – 1990), Guerra civil libanesa (1975-1989), Guerra de Afganistán (1978-1992), Guerra Irán Irak (1980-1988), Guerra Civil de El Salvador (1980-1992), Conflicto armado interno en el Perú (1980-2000), Guerra de las Malvinas (1982), Segunda guerra civil sudanesa (1983-2005), Guerra del Golfo (1990-1991), Guerra Civil Argelina (1991-2002), Guerras yugoslavas (1991-2001), Guerra civil en Sierra Leona (1991-2002), Guerra de los Diez Días (1991), Guerra Croata de Independencia (1991-1995), Guerra de Bosnia (1992-1995), Guerra de Kosovo (1999), Genocidio ruandés (1994), Genocidio congoleño (1994-2002), Guerra del Cenepa (1995), Primera guerra chechena (1994-1996), Primera guerra del Congo (1996-1997), Guerra civil nepalesa (1996-2006), Segunda Guerra del Congo (1998-2003), Conflicto de Ituri (1999-2006), Guerra entre Etiopía y Eritrea (1998-2000), Segunda guerra chechena (1999-2006).

Por supuesto, Johnson no relaciona en su libro todos y cada uno de estos conflictos, ni siquiera trata sobre los logros intelectuales, artísticos o culturales del siglo (al modo de la magnífica obra del historiador Peter Watson) sino que se limita a ofrecernos un recorrido somero sobre los puntuales acontecimientos histórico-políticos del siglo; las causas de la Primera Guerra Mundial; el surgimiento del régimen bolchevique en de 1917; el desencadenante de la Segunda Guerra Mundial; la dramática posguerra y el Nuevo Orden Mundial; la Guerra Fría y el juego de las potencias vencedoras; los últimos estertores del colonialismo; el papel incoherente, ambiguo y partidario de la ONU; los orígenes del conflicto en Oriente Medio; etc. A través de sus protagonistas, sus actuaciones y decisiones, va desgranando los distintos hitos históricos.

Destaca, entre muchas de sus ideas, la importancia que otorga el autor a la voluntad individual de los distintos dirigentes políticos, lo que llama la apoteosis de la autocracia individual, en que las masas depositaron todo el poder y capacidad de decisión con ciega obediencia a sobre sus dirigentes, Lenin, Hitler, Stalin o Mao, quienes guiaron el rumbo de sus respectivos países condicionados por sus propios prejuicios, fobias y ambiciones.

Pese a las críticas recibidas por este autor, significado políticamente dentro de una orientación conservadora, este libro es un buen compendio de la historia del siglo. Con un lenguaje claro u sencillo y un análisis certero y esencial. Un saludo.

PAUL JOHNSON (fuente Wikipedia), escritor, historiador y periodista británico, nacido en 1928, estudió historia en la Universidad de Oxford. Trabajó como asistente de edición en la revista parisina “Realités” entre 1952-1955. Fue corresponsal en Francia del periódico New Statesman donde fue editor en 1970. Desde 1981 escribe una columna en la revista The Spectator y también colabora, periódicamente, con Forbes y National Review. En 2006 recibió la Presidential Medal of Freedom, el máximo galardón civil de los Estados Unidos. Su bibliografía es amplia: (1997). La búsqueda de Dios; Creadores: de Chaucer y Durero […] a Picasso y Disney; (2004). Estados Unidos: la historia; (2006). La historia de los judíos.; (2004). Historia del cristianismo. (1992). El nacimiento del mundo moderno ‘1815-1830’; (2001). El Renacimiento. (2007). Tiempos modernos.; (2008). Intelectuales.; (2009). Héroes.; (2012). Humoristas.

INDICE:
1.- Un mundo relativista
2.- Las primeras utopía distópicas
3.- Esperando a Hitler
4.- Decadencia de la legitimidad
5.- Una teocracia infernal, un caos celestial
6.- La última arcadia
7.- el derrumbe
8.- Los demonios
9.- El momento culminante de la agresión
10.- El fin de la vieja Europa
11.- El año decisivo
12.- Superpoder y genocidio
13.- La paz a través del terror
14.- La generación de Bandung
15.- Los reinos de Calibán
16.- Experimentos con la mitad de la humanidad
17.- El lázaro europeo
18.- El intento de suicidio de Estados Unidos
19.- Los años setenta, una década colectivista
20.- La recuperación de la libertad

  • Título original: A History of the Modern World
  • Traducción: Aníbal Leal
  • © 1983 Paul Johnson
  • © 2000 Ediciones B Argentina, S.A.,
  • para el sello de Javier Vergara Editor
  • ISBN: 950-15-2093-5