lo que yo leo

Un blog sin pretensiones, sobre reseñas literarias para leer en 10 minutos; contiene comentarios sobre libros, recomendaciones, divagaciones y toda clase de digestiones literarias que un lector compulsivo ha aderezado a su gusto. Por supuesto, abierto a colaboraciones y opiniones. Casi es obligatorio equivocarse aunque, evidentemente, yo soy yo y tú, eres tú, por supuesto; pero ni yo soy tú ni tú eres yo, por lo tanto, todo lo que escribas es tu responsabilidad: cada uno es dueño de sus palabras y de sus silencios, sin embargo, tu libertad no te permite escribir nada ilegal o degradante para otros como tú y como yo. Es por eso que, al menos ese SILENCIO sí impera en este blog.

“para acabar con todas las guerras” (ensayo) de adam hochschild, cuando la euforia de la guerra envenenó los corazones

2 comentarios


“Desde el principio, decenas de miles de personas de ambos bandos reconocieron en la guerra la catástrofe que era. Creían que el inevitable coste en vidas no merecía la pena, y algunos de ellos anticiparon con trágica claridad al menos parte de la pesadilla en la que se sumiría Europa como consecuencia de la misma y lo expresaron públicamente. Además, dijeron que lo que pensaban en una época en la que era necesario tener mucho valor para hacerlo, ya que el ambiente estaba cargado de un ferviente nacionalismo y un desprecio por los disidentes que a veces se traducía en violencia” A.H

En 1914, la civilización europea emprendió un camino por el cual, lejos de cumplirse los designios del presidente norteamericano W. Wilson en el sentido de iniciar “una guerra que acabaría con todas las guerras”, al término de la misma se construiría “una paz para acabar con la paz”, tan inestable, tan desproporcionada, tan abusiva, que se constituiría en la excusa inmediata para el estallido de la posterior II Guerra Mundial.

En efecto, como coincidieron en reconocer numerosos contemporáneos, la percepción de la sociedad británica o francesa, y no digamos la opinión pública alemana, y la mayor parte de sus dirigentes, estaban a favor de una confrontación militar que consideraban inevitable, necesaria e, incluso, beneficiosa. Más aún, dada la escalada militarista y la permanente tensión y conflicto político existente entre las distintas potencias, apenas hubo voces discrepantes, salvo muy pocas excepciones, que supieran formular sus protestas en ese momento y manifestar su oposición a la gran catástrofe a que daría lugar.

Numerosos testimonios, biografías, ensayos históricos, reportajes periodísticos y obras de ficción como novelas  y poesías, relatan las ansias contenidas que se iban acumulando en el periodo previo al estallido del conflicto y el posterior entusiasmo desbordante con el que los responsables políticos y los ciudadanos voluntarios acogieron la posibilidad de acudir al frente y luchar –morir- en una guerra que preveían rápida, contundente e indolora.

La realidad de la guerra fue muy distinta, tal y como relatan las desgraciadas estadísticas de fallecidos -civiles y militares-, los estudios sobre las cuantiosas pérdidas económicas y la fractura de una concepción del mundo que definitivamente abandona el siglo XIX para abocarse de lleno al siglo XX.

Como muy bien relata Hochschild, la Primera Guerra Mundial supuso un cambio drástico para la civilización occidental. A nivel político supuso el derrumbe definitivo del imperio otomano, sustentado durante mucho tiempo por la endeble ficción de su carcasa administrativa. También trajo consigo la metástasis del Imperio Ruso que devino en el cáncer revolucionario y posterior régimen estalinista, que tantas vidas segó. También feneció el Imperio Astro-Hùngaro y su acharolada pretenciosidad, configurado como una amalgama insoluble de etnias y culturas regida por una ineficaz bicefalia.

Igualmente, la contribución al esfuerzo bélico de los territorios de Africa y Asia sujetos al mandato imperialista británico y francés inoculó el virus de la autoconciencia y la determinación que iniciaría el declive del imperialismo y el fin del colonialismo, aunque permanecería adormecido y latente hasta el fin de la II Guerra Mundial.  

A nivel estrictamente militar, supuso, por primera vez la  incorporación de la industria al esfuerzo bélico mediante la creación de  innovaciones técnicas orientadas específicamente hacia su aplicación militar, como fueron el alambre de espino, el lanzallamas, el tanque; o el empleo masivo y sistemático de aquellas otras que, si bien ya existían con anterioridad, como el submarino, el dirigible, la ametralladora o el aeroplano, nunca antes se habían utilizado entre potencias europeas.

Las peores consecuencias de esta “gran guerra” fueron sobre todo las ingentes pérdidas humanas y la devastación de territorios y poblaciones, llegando a alcanzar, según estadísticas generalmente aceptadas, la cifra de ocho millones de combatientes muertos.

El libro objeto de reseña nos cuenta, con la amenidad propia de una crónica periodística, la historia de la guerra mundial vista desde la perspectiva de la retaguardia británica. No pretende ofrecer un relato exhaustivamente detallado de la campaña bélica ni de las repercusiones políticas o sociales de este primer gran conflicto del siglo XX. Simplemente nos entrega la semblanza biográfica de una serie de personajes históricos, todos ellos británicos, que fueron voces discordantes en el gran corifeo belicista.

Desde el Jubileo de la Reina Victoria de 1887 hasta el fin de la guerra, aparecen por sus páginas, en un sencillo entramado de biografías hilvanadas, personajes como Pankhurst, las sufragistas inglesas que pasaron de un activismo radical contra el Primer Ministro Lloyd George a una defensa cerrada e igualmente radical a favor del belicismo –salvo Sylvia, cuya coherencia intelectual le impidió adherirse a la causa bélica en la que, a su juicio enfrentaba a la clase trabajadora, independientemente de su nacionalidad, para garantizar y favorecer los intereses de la élite gobernante. Junto a ella, el fundador del Partido Laborista Independiente, el pacifista y socialista James Keir Hardie; o el filósofo Bertrand Russel, también opositor a la guerra, que sufrió de ostracismo y persecución política –aunque fue tratado con el “rigor” que correspondía a su clase social.

Igualmente nos acerca a la biografía de Charlotte Despard, dama inglesa de alta alcurnia que se caracterizó por un enfervorizado activismo en pro de las reformas sociales y en contra de una guerra que, casualmente comandaba su hermano John French, conde de Ypres, jefe del Estado Mayor Imperial de marzo de 1912 a abril de 1914, sustituido posteriormente por Douglas Haigh. También se cruza en el relato Alfred Milner, el administrador colonial de Sudáfrica que posteriormente fue nombrado miembro del Gabinete de Guerra y administrador colonia.

Es este un libro muy recomendable como complemento a otros como el libro ya reseñado de Sebastian Haffner, centrado en el ámbito sociológico del Reich alemán; o un libro más general, sobre las causas históricas de la guerra como “1914” de Margaret McMillan; o libros más técnicos como “La Primera Guerra Mundial” de Hew Strachan o “1914. El año de la catástrofe de Max Hastings. También, dentro del género narrativo son de destacar otras obras “El miedo”. Gabriel Chevallier. “14”, de Echenoz, “Tempestades de acero”. Ernst Jünger. “Las aventuras del buen soldado Svejk”. Jaroslav Hasek. “El final del desfile”. Ford Madox Ford. Así como biografías como la de Robert Graves o Stefan Zweig que abarcaron dicho periodo.

Un saludo.  

Adam Hochschild, escritor, periodista e historiador nacido en Nueva York en 1942.)  En 1998 publicó  El fantasma del rey Leopoldo, una historia de la conquista y colonización del Estado Libre del Congo por el Rey Leopoldo II de Bélgica. Con este libro ganó el premio Duff Cooper en Inglaterra y fue finalista en el del National Book Critics Circle de Estados Unidos. Su libro Enterrad las cadenas, publicado en 2005 acerca del movimiento antiesclavista en el Imperio Británico fue también finalista del National Book Award. Hochschild ha escrito también para la revistas The New Yorker, Harper’s Magazine, The New York Review of Books, The New York Times Magazine, y The Nation.

Para acabar con todas las guerras

  • traductor: FONTAL, YOLANDA; SARDIÑA,
  •  editorial: PENINSULA
  •  año de edición: 2013
  •  páginas: 624
  •  isbn: 978-84-9942-179-7

 

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Autor: loqueyoleo

En un mundo mudo y lleno de ruido y furia, resuena el silencio de las palabras olvidadas entre las páginas de un libro: despierta, comparte y lee.

2 pensamientos en ““para acabar con todas las guerras” (ensayo) de adam hochschild, cuando la euforia de la guerra envenenó los corazones

  1. ¡Hola!
    Te nominé a un premio en mi blog: http://lavidaenlaspaginas.blogspot.com.ar/2014/03/liebster-award-8.html
    Cuando puedas pasate, beso.

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    • Hola, gracias por tu interés. La verdad es que apenas presto importancia al numero de seguidores de mi blog. Sinceramente, si algo me gusta de la red es la comodidad que ofrece su anonimato e invisibilidad. Prometo seguir tu blog e interesarme por tu trabajo. Lo que no sé es si seré capaz de afrontar la disciplina que implica el premio: soy demasiado vago y asistemático, mi ùnico compromiso es la lectura. Gracias nuevamente y un saludo.

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